miércoles, 7 de diciembre de 2011

MI aliento.


Lágrimas.
Tómatelo con filosofía.
Quién bien te quiere te hará llorar.
Si tus lágrimas no son ácido ascórbico en su interior, no merece tus llantos, ni tus llantos ni tus angustias, ni tus miedos, ni tus debilidades, si no intenta hacer luz en tu oscuridad, no merece ser tu aliento de vida.
Ahora mismo algo te muerde el corazón, te arranca un trocito de ventrículo y se regocija en tu aurícula. Te corroe por dentro, te presiona, te hiere, te quita el aire y te crees que lo único que puedes respirar es su aliento, aliento de vida.
¿A qué llamamos aliento? Cada vez que pienso en esta palabra se me viene a la cabeza la misma imagen, incluso un sonido. Es fuerza, es algo a lo que te atas, es algo que te da alguien y como si de un contrato se tratase te aferras a ello, te agarras, y no te puedes soltar. El que alguien sea tu aliento supone un arnés, soltarte te produce miedo, pánico, terror. Pero si ese arnés te ahoga?  ¿Qué te da más miedo el vértigo de caer? ¿o la filosofía del esperar?
Creo que tomarte algo con filosofía supone, tener calma, quietud metal y un aura limpio. Eso es todo lo que yo no tengo.
Hace unos meses estaba colgada de una montaña, en un arnés, el arnés me apretaba tanto que me ahogaba, no lo podía controlar. De repente apareció el tópico “tómatelo con filosofía” me calle, esperé, y pensé que el tiempo aflojaría ese arnés y todo se sanaría, subiría a la superficie y mi aventura quedaría como un episodio más.
La historia no fue así, me calmé, y razoné. Pero no me quede parada, no, me agarré a la rama de un arbolillo por ahí, una rama débil,, bonita pero irremediablemente débil.  Así lo hice durante meses, me agarré  a pequeños brotes, convenciéndome a mi misma que algún día saldría de ahí., convenciéndome que los brotes eran peldaños para ascender y mejorar.
El resultado: al estar tan convencida de lo que hacía y no pensar en la difícil situación que estaba sufriendo, no me daba cuenta  que cada vez el arnés  apretaba más, que cada vez las heridas de su roce eran más graves, cada vez más profundas, y que posiblemente se me  quedarían para siempre grabadas en mi  piel, formando parte de mi historia personal.
Además de esto, ahora no puedo subir a la cima, ya no quedan más ramas, más brotes ni más árboles a los que atarme, sólo vislumbro una mano en la cima pero tengo que pegar un gran salto para subir hacia ella, tengo que sacar todas mis fuerzas, las cuales se han perdido en el camino, y por último, coger aliento.
Pero este aliento, este aliento si que es mío. Solo mío.
Solo soy capaz de escribirlo.

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